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08 de enero 2015

lunes, 21 de marzo de 2016

Mis entrelíneas de la emoción de las cosas (publicada)









Mis entrelíneas de La emoción de las cosas


Mis entrelíneas de La emoción de las cosas

@yovarolun 21 mar 2016 19:41
  
 
La emoción de las cosas
La emoción de las cosas 
Foto propiedad de: Internet
“En la vida puedes hacer de todo, menos explicarlo”. Quiméricos condones es una de las tantas reflexiones del libro La emoción de las cosas de Ángeles Mastretta, donde su duda me recordó que todos  somos hijos, pero, yo no puedo permitirme caer del tiempo, ni quiero olvidar el mundo ¿a quién cuestionaría?

Hace unos meses mi mamá me preguntó:¿Qué se siente tener un orgasmo? 
Quería mentirle y describirle alguna sensación que ella hubiera experimentado; me quedé callada, una forma de mentir reservada para el caos con sentimiento, esa deuda impagable que genera ser hijo, y que reniego de pagar cuando el costal pesa, y siempre cuesta; me sacudió la humedad del ojo cuando descubrí una vez más, que dio su  alma entera para formar la mía y yo no puedo regalarle tiempo ni robarle años, que tendrían que ser muchos, para, si no puedo acercarle una pareja por lo menos venderle la idea de la masturbación, que le invite a la duda y  guíe su curiosidad para aventurarse a la experiencia.  Es la daga más filosa que he conocido pero no la usé: para qué te explico si no lo vas a vivir. 

Una amiga que sí emprendió esa odisea para encontrarse el “punto G”,  desafiando la disciplina de unas monjas estrictas,  y nada tiene que ver la rebeldía cuando vas por el conocimiento, la duda, la curiosidad de tu propio cuerpo aunque sea en la oscuridad de la habitación compartida en el internado donde realizó la secundaria, exploración que suspendió abruptamente cuando recordó los pendones que la perseguían por toda la escuela: “Dios te mira”. 

Dice Oscar Wilde que: Nada se parece tanto al atrevimiento como la ingenuidad. Y yo le creo, porque los años, las vivencias y las anécdotas; tanto las propias como las ajenas nos vuelven a la bifurcación o esquina donde la vida olvida la edad y la memoria cuestiona dos veces (atrevimiento y aceptación);  la ternurita olvidada, las pequeñas vergüenzas que humillan hasta que llegamos a la edad del cinismo; ese tiempo para admitir sin culpa y sí con mucho desdén la equivocación, la ignorancia y el error para intercambiarlos en tertulias donde la risa y la coincidencia socorren, todos mantenemos pequeñas omisiones que pellizcan el orgullo por no soltarlas.    

Tener ochenta o tener cuarenta años con dudas sin resolver es otra manera de mantenerte en el mundo, es otra oportunidad, la expectativa está en la actitud y la curiosidad que, a lo mejor no rejuvenece pero irradia jovialidad. 

“Solo el que ha muerto es nuestro o solo es nuestro lo que hemos perdido”. ¿Voy para todas partes o para ningún lado?  ¿Será pregunta, decisión o desilusión? 
La muerte primero se manifiesta en quienes recuerdas poco, aunque no mueran. Es ventajosa y trepadora, toma ventaja en la confianza del descuido, envuelve los afectos cercanos que la costumbre estampa en la decoración, volviéndolos parte del escenario que dibuja la rutina, donde transitamos sin observar,  la obligación hastía y la indiferencia roba la certeza de la vida que nos pertenece pero no defendemos, solo una emoción es capaz de sorprender y dictar un “te quiero hasta el fondo de la vida”.

Es la emoción de cada paso con la mirada de frente, altiva,  y si no hay más, como a veces sucede,  también cuenta que sea de ladito, de esas miradas robadas o regaladas, que definen según el caso, el momento, la picardía o precisamente la emoción que siempre motiva y también disculpa el tropezón, porque despierta el detalle dormido. 

Cuando se vive en los detalles se vuelve necesario tener razón para argumentarlo y aceptar que las minucias se divisan, yo que siempre creí encontrarlas y así,  descubro lo importante de volverme de frente y esperar, para que el detalle y la sorpresa conquiste.

“Los viejos no deberían morirse, deberían esperarnos” y no estoy de acuerdo con doña Ángeles, a los muertos a veces se les recuerda y otras tantas __la mayoría de los casos__  se descansa de ellos y se les olvida pronto. Bastaría cuestionar a algunos viudos ¡porque yo no entiendo! 

Cumplir años da frío, y observo que, cuando se les acaba la inquietud,  el sueño, el sexo, quizá la tolerancia o ya no se huelen, separan los cuerpos a habitaciones distantes. ¡Cuándo más frío hace! 

Hay un rumor que yo siempre he comprobado en la expresión de cada viuda, que, en el momento del deceso haya al menos cohabitado dónde el difunto, “toda esposa, por mala que haya sido, merece al menos diez años de viudez”. ¡Rejuvenecen! (no estoy segura que aplique a la inversa) ¿Para qué la eternidad? 

Tomada de la mano por las emociones, también llego a mis afectos que fueron ilusión e iluminan el olvido, el insomnio no tiene tiempo, aparece para recordar y señalar; evocar y perfilar “y para el invierno que siempre llega construiré una chimenea”.  “¿A dónde van los pájaros cuando graniza?”. 



Balaustre:
¿Cómo vivir sin teoría? ¿Cómo vivir sin una entrelínea? Una emoción es una conquista, un pacto  y una promesa renovada.